El Castillo de Guardias Viejas: emoción que llega al alma
Terminamos la jornada allí donde se pone el sol, un enclave extraordinario que abarca con la vista toda la bahía: el Castillo de Guardias Viejas, una fortificación costera construida en el siglo XVIII para defender el litoral de incursiones y ataques piratas desde el mar. Su posición estratégica sobre un promontorio rocoso nos hizo sentir el pasado y la historia viva de la Costa de El Ejido.
Allí nos esperaba Miguel, hoy capitán de la guardia e ingeniero del fuerte, quien nos reclutó —con humor y picardía— para defender este punto frente a posibles amenazas. Desde su mirada divertida, nos comentó que probablemente solo serviríamos para infantería, sin caballos ni formación bélica, mientras nos mostraba el uniforme y nos enseñaba cómo cargar una bayoneta. Fue otro viaje al pasado divertido y cómico, pero también una oportunidad para entender de manera lúdica cómo funcionaban estas defensas costeras históricas.
Tras esta introducción al entorno, llegó un momento verdaderamente mágico. Enrique y Mari, de la Asociación Cultural La Garita, nos tenían preparado otro viaje —esta vez sensorial y emotivo. La voz nostálgica y desgarrada de Mari se deslizó por las piedras centenarias del castillo, alcanzando nuestra piel y nuestro corazón. Enrique hizo vibrar los acordes, llenando nuestros ojos de emoción. Nos quedamos sin aliento, dejándonos llevar por el arte, el sentimiento y la emoción que solo la música puede transmitir.
Luego llegó nuestro turno. Rosa y Phillip nos condujeron hasta Venezuela con sus voces y ritmos, en una interpretación que nos acercó a los sentimientos más profundos de su gente, especialmente en tiempos tan convulsos para ellos. Fue un canto del campo, lleno de metáforas sobre la tierra y la vida diaria, hablando de amor, desamor y esperanza, un puente hermoso entre gentes distantes y no tan diferentes.
La velada continuó con nuestro himno de Homos Artísticus: no somos tan jóvenes, pero seguimos disfrutando, aprendiendo y compartiendo. Y como broche final, todos participamos con nuestros pequeños xilófonos, flautas y percusión al compás de El Vals de Venecia —una forma perfecta de encarnar el espíritu de Aula en Ruta: aprender, participar y sentir.
Antes de despedirnos, brindamos por esta experiencia única y expresamos nuestro agradecimiento de corazón a nuestros anfitriones por todo lo vivido. Les dejamos como símbolo de nuestra gratitud y continuidad la mano de la Universidad, creada por Pepe Azorín, para que sigamos creando y compartiendo juntos.
Comentarios
Publicar un comentario